Vivimos en un momento digital bastante paradójico. Por un lado, el acceso a la información nunca fue tan fácil; pero por el otro, estamos bombardeados de contenido falso o engañoso a niveles que no tienen precedentes. Antes uno tenía que ir a buscar la información deliberadamente, hoy te llueve encima en las plataformas digitales, empujada por algoritmos y modelos diseñados para mantenerte enganchado en tiempo real. La información dejó de ser solo un conjunto de datos para convertirse en un activo estratégico, algo que sostiene la credibilidad institucional y la toma de decisiones. Cuando esos flujos se distorsionan a propósito, el impacto no se queda en que alguien entienda algo mal; golpea de lleno a la sociedad. La desinformación no es un simple error, es un bardo sistémico con consecuencias económicas y políticas de peso. Sobran ejemplos recientes: los disturbios en el Reino Unido este 2024, que arrancaron directo por una noticia falsa en redes, o todo el ruido que hubo con los efectos de las vacunas del COVID-19, que hizo que un montón de gente se negara a inocularse.
El rol de la tecnología y el desafío docente
En este contexto complejo, la inteligencia artificial se volvió una tecnología central. Tiene una capacidad tremenda para procesar volúmenes enormes de datos, identificar patrones y transparentar los ecosistemas digitales. Pero seamos claros, la tecnología por sí sola no nos va a salvar. Su impacto real para combatir la desinformación depende exclusivamente de cómo la diseñemos, cómo se regule y cómo se implemente en el día a día.
Acá es donde entramos nosotros. Los docentes universitarios tenemos el deber de preparar a los estudiantes para este mundo atravesado por la IA. Y sí, es un desafío gigante. Hay un tendal de herramientas dando vueltas y es súper tentador salir a probar el último chiche que sale al mercado. El tema es que si nos tiramos de cabeza sin pensarlo un poco, podemos meternos en un terreno ético bastante pantanoso.
Entonces, la pregunta del millón es: ¿qué herramientas deberíamos usar y cómo las integramos a nuestra enseñanza de una forma sostenible? Para resolver esto, primero tenemos que armarnos de nuestro propio conocimiento sobre IA.
Lo que ya está aprobado (y las paredes digitales)
El primer paso lógico es averiguar qué aprobó tu facultad, si es que aprobaron algo. Seguro la gente de sistemas, junto con los de protección de datos, ya le pegaron una mirada a un par de herramientas de uso general. Esos son tus puntos de partida ideales para empezar a probar. Si tu universidad maneja entornos de Microsoft o Google, lo más probable es que Copilot o Gemini tengan luz verde y sean seguros. Básicamente, esto significa que los datos que le metés al chat quedan guardados adentro de las “paredes digitales” de tu institución. En mi universidad, por ejemplo, tenemos el OK para usar Copilot, TeacherMatic, Adobe Firefly, y un par de plataformas orientadas a lo laboral como CareerSet y Shortlist.me.
Nosotros nos avivamos temprano de que gobernar estas herramientas era clave. Nuestro enfoque se basa en abrazar la IA de manera cautelosa, transparente y responsable, buscando siempre equilibrar los beneficios del uso con la necesidad de evaluar la seguridad y la privacidad de los datos. De hecho, el comité que aprueba esto tiene gente de seguridad informática, pedagogía y otras áreas especializadas.
El lado B: cuando la herramienta no está en la lista
Pasa todo el tiempo: encontrás la herramienta que te viene al pelo para tu materia, pero no está en la lista oficial de la facultad. Para esos casos, nosotros usamos el marco SafeAI, que es una adaptación que hicimos del S.E.C.U.R.E. de la Universidad Charles Sturt. Es una forma de darle a los colegas una guía para evaluar las herramientas que quieren llevar a sus clases. Mediante un cuestionario, te hace pensar un poco si el uso que le vas a dar respeta el espíritu de nuestros principios institucionales. Te pregunta sin filtro si estás por meter información personal identificable, datos confidenciales, contraseñas o material protegido por derechos de autor adentro de la maquinita.
También te obliga a reflexionar sobre el uso en sí: ¿estás por hacer algo poco ético? ¿vas a agarrar lo que escupe la IA y usarlo así nomás, sin siquiera revisarlo? Si el docente responde que “no” a todo eso, entonces tiene vía libre para usarla en ese contexto específico.
Y ojo con la guita, que es un factor central al elegir qué IA usar. Ya sabemos cómo funciona esto: si te la dan gratis, lo más probable es que el precio sean los datos que estás ingresando. Igual, casi todos los chats grandes tienen configuraciones para evitar que usen tu información para entrenar sus modelos.
La seguridad por sobre la magia
Hay herramientas que son “mejores” que otras, y no necesariamente porque escriban textos más lindos, sino por cómo manejan la seguridad de tus datos. Pegarle una leída a las políticas de privacidad y los acuerdos de licencia no cuesta nada y suelen estar ahí nomás en la página.
Podés elegir usar plataformas como CareerSet, que guardan sus datos en Europa y se tienen que bancar las normas súper estrictas del GDPR. O agarrar herramientas como Microsoft 365 Copilot para Empresas, que directamente no usa los datos del usuario para entrenar nada. Otras, como TeacherMatic, te borran la información al poco tiempo y te exigen autenticación multifactor.
Pensar bien qué datos vas a meter en la IA es crucial. El marco S.E.C.U.R.E. hace mucho foco en proteger la propiedad intelectual. Ni se te ocurra meter un paper pago en un chat abierto para que te arme un resumen, porque te estás llevando puestos los términos de uso.
La objeción de conciencia y el objetivo final
Por último, hay que tener en claro que algunos alumnos se van a plantar. Pueden objetar el uso de IA por cuestiones ecológicas, porque sienten que atenta contra la creatividad o por pura ética. Los motivos suelen ser súper personales, pero nuestra responsabilidad sigue siendo la misma: brindarles orientación sobre el uso transparente y ético de la tecnología. Y para eso, tenemos que predicar con el ejemplo.
La inteligencia artificial se está metiendo en procesos nuevos y viejos a una velocidad que asusta. Si queremos que nuestros estudiantes no salgan crudos al mercado laboral, tenemos que entender cómo funcionan las herramientas, cuáles son los riesgos reales y si sirven para lo que dicen que sirven. Solo así podemos empezar a meter la alfabetización en IA en nuestras aulas con responsabilidad. Al final del día, defender la calidad educativa y el acceso a información confiable es defender la libertad de pensamiento. Es la única forma de mantener a flote a una sociedad resiliente en medio de tanto ruido digital.